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Capítulo III La última estancia de Bolívar en Caracas
1827 enero 08 - julio 05
La última estancia de Bolívar en Caracas
1827 enero 08 - julio 05
Caracas

A las 11 casé a James Campbell, súbdito británico y banquero de esta ciudad, con Mary Ellison. Las partes vinieron a mi casa. Madame Valdez, la madre del joven infame que intentó asesinar al francés, vino a verme ayer por la noche y, al no encontrarme, pidió que le hiciera el favor de ir a verla yo. El fin de la visita está claro: que yo interceda ante el Libertador para salvar la vida de su hijo. Fui, pues, a verla esta mañana temprano. Su pesar mejor puede concebirse que describirse. Dijo que deseaba que intercediera con Bolívar solo para conmutar la pena de muerte por la del destierro eterno. Le aseguré que, con la mejor voluntad del mundo, ello estaba fuera de mi alcance por mi situación política en el país, pues las instrucciones de mi [gobierno] estaban tan claras en cuanto a solicitar favores para mí o para otros, que no solo estaría violando esta obligación sino arriesgando mi situación por no respetar las leyes diplomáticas que me ataban. Entonces me rogó, con gran ansiedad, que separase mi carácter público del privado y que hablase con el presidente como amigo. Esto era una imposibilidad, independientemente de que yo sabía muy bien que S. E. estaba decidido a no escuchar a nadie sobre este asunto, y que, además, mi intimidad con él no era de naturaleza como para arriesgarme a que se molestara o influenciarle, en lo que él consideraba un acto de justicia pública. La pobre señora dijo que bien sabía que era un acto de justicia pública y que su hijo merecía totalmente la pena de muerte por el horroroso y complejo crimen que había cometido, pero que era su madre y que los sentimientos de una progenitora pasaban por encima de todo; y que solo la impulsaban a salvarle la vida. Le dije que lo único que podía hacer era aprovechar cualquier oportunidad para hablar con los edecanes de S. E., que eran compatriotas míos, para que ellos a su vez tratasen de ablandar al Libertador si fuera posible. Esto la satisfizo en cierto grado, y me despedí. Actualmente el descontento de Valencia y de Cumaná se está extendiendo a Barcelona y sus alrededores, no políticamente sino de una manera más grave entre los negros y la gente de color, lo que hace que la sentencia del joven Valdez deba cumplirse más necesariamente que nunca. Los de color dirían instantáneamente, si se le perdonara la vida, que esto se debía a que era blanco, y con más visos de verdad por el hecho de que van a fusilar a un negro en estos días por haber apuñalado a un soldado. El señor O’Callaghan cenó conmigo. No llueve. Termómetro, 22 a las 7 y 25 a las 4. Velada en casa de Stopford, todos desconocidos, hombres y mujeres.

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