Tristes, muy tristes noticias. Ha muerto mi amada hermana María. Hasta ahora no he tenido el valor de leer los detalles de esta triste noticia. Es la voluntad de Dios la de separarnos. Que se haga, pues, la voluntad del cielo, pero me sangra el corazón. ¡Hermana querida, te has ido! Murió el 21 de junio de tifus, en Montpellier, cerca de Bristol, en casa de la esposa del coronel Booth. Mi querida Jane estaba con ella, e igualmente estaba mi excelente hermano, cuyos incansables cuidados afectuosos, tanto como hermano como en su calidad de médico, fueron incesantes. Que Dios lo bendiga. Mi pobre María poco ha tardado en ir a reunirse con nuestra angelical madre. Ahora solo me queda en Inglaterra una razón para vivir, y esta es otra prueba, tanto de corazón como de espíritu, que sufro durante mi largo exilio en Sudamérica. Con esta son cuatro las duras lecciones de resignación y deber religioso que la «voluntad divina» ha puesto ante los ojos de mi razón cristiana, escritas en el libro de la «vida y la muerte». Valga la lección, y que la bendita voluntad del cielo quiera que yo muera tan benditamente digno de la misma y deseada morada en que ahora reposan en paz mi venerada progenitora y mi siempre llorada hermana. Hoy no he podido poner los ojos ni la mente en nada: mañana espero que sí.