Otro año que se inicia, ¿y dónde? En Rusia. Qué distinto del de 1824, el último que había pasado en esta capital, y cuánta gente querida, tanto familiares como amigos, han pasado a otra existencia. Sin embargo, este retorno mío ha sido bendecido con la alegría de una hija virtuosa y afectuosa, un yerno muy honorable y de altos principios, y un recibimiento de viejo amigo por parte de su majestad imperial, así como el más distinguido por parte de la familia imperial, y todos y cada uno de los nobles y gloriosamente distinguidos héroes que me conocían y que aún quedan del período en que reinaba el reverenciado y siempre venerado Alejandro. Pero, todo, todo, todo, no puede compensar el valor de la condescendiente amistad que me deparaba, ni causar nada en mí que pudiera menguar la gratitud en mi corazón que siempre produjo su bondad. Aquí estoy feliz, y sin embargo triste por los recuerdos que causan en mí los días idos y los que están pasando. Iré a rondar por otros países quizá este año y la mayor parte del que viene; y quiera Dios que pueda hacerlo con salud y comodidad en compañía de mi querida Jane. Después de esto sí tendré que pensar seriamente en un hogar y otras cosas importantes. Muy claro y muy frío el día de hoy: ocho grados bajo cero, con viento norte. Visité a mi sobrina la rica condesa Mamonoff, encantada de volver a verme y con la esperanza de que vuelva a casarme aquí. No: todo esto es demasiado frío para mí; ahora prefiero las hijas del sol a las de la región septentrional, así como la región de la influencia de ese astro. Cené en casa con mi querida Jane.