Hoy llegó el correo de Bogotá y, según dicen cartas privadas, el Congreso todavía no se ha reunido y el estado de los partidos tanto a favor como en contra del Libertador está bastante agitado. Antes de que llegase su renuncia los miembros del Congreso que se pensaba que pudieran ejercer alguna influencia sobre sus partidarios, o cuyas opiniones eran notables por su violencia, tenían la costumbre de reunirse en distintas casas privadas de la capital con el propósito de discutir el estado de las cosas y las medidas que sería aconsejable tomar al reunirse el Congreso. El objetivo principal de estas reuniones era el de agrupar sus ideas sobre tres puntos principales, a fin de no perder tiempo cuando se hubiera instalado: específicamente, dictar un decreto declarando que la Constitución estaba vigente, y el código por medio del cual las autoridades de toda la república habrían de regular sus procedimientos; segundo un decreto al efecto de que el Poder Ejecutivo estaba conferido a la persona que la Constitución había designado para ejercerlo y que había cumplido con las formalidades requeridas antes de su ejercicio; tercero, un decreto que decidiera la forma en que la voluntad del pueblo podría manifestarse claramente con respecto a la convocatoria de la Gran Convención, y debían tomarse todas las precauciones para evitar cualquier influencia indebida. Hasta donde estas resoluciones tomadas privadamente vayan a convertirse en decreto público se verá en las reuniones del Congreso, que, según dicen mis cartas, debe reunirse definitivamente antes de que termine abril, y en el que se tratarán las cuestiones referentes a la renuncia de Bolívar. Con respecto a la sinceridad de sus ofrecimientos no haré comentarios, pero como me ha dicho a menudo que si algo le sucediera en este momento crítico, el país estaría perdido y sería presa no solo de la anarquía sino también de España o de cualquier potencia extranjera que quisiera aprovecharse de sus problemas domésticos, no puede haber duda de que la salvación depende de él, y si el país se viera privado de sus incesantes cuidados ya sea por su muerte o renuncia, estaría irremediablemente perdido. En este momento hasta una gran proporción de los seguidores del Libertador en Bogotá están ansiosos de que él reclame su cargo de presidente, pero está tan atado y obstaculizado que es como hacer de él un jefe sin poder, que cargue con el odio de todo acto falso o error político que otros cometan por debilidad o venalidad. Esto tiene que haberlo visto y, o renuncia por estar atado o se hace con los poderes que le permitan ser responsable de medidas severas pero saludables: como la vara para el escolar ignorante y testarudo. La tarea que tiene por delante el Libertador es dura e ingrata, y lo es más cada hora que pasa. No obstante, la opinión generalizada en todas partes parece ser la de que no se aceptará su renuncia, si este fuera el caso; y si le llaman unánimemente a tomar las riendas del Gobierno a fin de que pueda obrar con vigor y prontitud, así como con justicia, tendrán que concedérsele los poderes más amplios. Parece que se extiende el espíritu maligno del Perú: hay informes de que las tropas de Arequipa han seguido el ejemplo de las de Lima, y que se espera que Bolivia se haya disuelto cuando lleguen los próximos informes. Así se estrellan los proyectos y bondadosos actos del Libertador para la futura dicha de un pueblo ingrato. El capitán Austin y su primer teniente Larking cenaron con nosotros. No ha llovido. Termómetro, 23 a las 7 y 26 a las 4.